El Último Carnaval

En dos días comenzaban los festejos anuales del Karnevale der Abgrenzung, abreviadas y conocidas popularmente como “Abgren”.

Lukas estaba emocionado sacando del cajón su traje de “Arlequín del Consenso”, compuesto por una máscara de plástico reciclable con proyector integrado que mostraba caras simples con muecas y colores acorde al ánimo general de la gente en ese momento y su traje de retazos luminosos hecho de parches de ropa vieja intervenidos con hilos conductores con luz LED.

Las fiestas duraban cuatro días y era el momento en que todo el mundo salía a la calle, coincidiendo con el solsticio de verano, se vestía con sus trajes de arlequín típicos de esas celebraciones a celebrar y festejar. El CORCO (Consorcio de las Grandes Corporaciones) era el organizador de los fastos y quien sufragaba todos los gastos. Suministraba asimismo, mediante los vales de que disponía cada ciudadano, acorde a su edad y peso, la droga Zylark, que sumía al que la consumía en una euforia asimilada a los efectos de las antiguas bebidas alcohólicas, pero sin muchos de sus efectos secundarios (dependencia, resaca, etc) y sin el efecto desinhibidor para evitar altercados y sucesos no deseados de distinta naturaleza. El pueblo había votado hacía veinte años al Partido Independiente Liberal (PIL) de forma masiva y se modificó la Constitución de la demarcación (antigua Unión Europea aproximadamente) de manera que no hubo más elecciones y la sociedad se regía por una economía ultraliberal donde el estado tenía muy poco peso. Muchas de las cuestiones de las que se ocupaban los antiguos estados, eran ahora gestionadas por el CORCO, de una manera eso sí muy precaria. La Demarcación solo se encargaba de las labores de Defensa y de los férreos controles fronterizos.

Muchos ciudadanos aprovechaban para celebrar otro tipo de eventos, como ceremonias asimiladas a bodas, y así ahorrarse el costoso y generalmente no asequible gasto de dichos acontecimientos.

La ciudadanía estaba dividida en personas que regentaban negocios, empleados de las grandes corporaciones, y empleados de servicios comunitarios diversos.

Lukas trabajaba de camarero en un lujoso hotel de la ciudad. De los empleos de antaño era de los pocos que todavía se ejercían, ya que las acaudaladas personas que podían permitirse esas estancias preferían ser atendidos por personas reales. Disponía solo de tres horas libres diarias esas jornadas y las aprovechaba quedando con su compañera y amiga con la que tenía una relación afectiva, Clara. Habían pedido permiso para poder coincidir en horarios durante esos días de esparcimiento.

Las máscaras se iluminaron al anochecer, como luciérnagas programadas. Las habían creado para abolir las mentiras: si tu rostro era verde sereno, nadie dudaba de tu paz. Pero aquel año, el violeta eléctrico inundó la ciudad. Él caminaba entre la multitud cuando vio la primera máscara morada, su expresión un híbrido entre ira y desesperación. Al día siguiente, todas eran iguales.

La gente comenzó a esquivarse. Los choques eran inevitables: un hombro rozaba otro, y las máscaras lanzaban pitidos agudos, como advertencias. Las pantallas públicas repetían “Mantenga la distancia emocional óptima” con voz de sintetizador. Nadie reparaba en los drones que sobrevolaban, rociando un aire frío con olor a metal.

El caos estalló en la Plaza Central. Una mujer arrancó su máscara, revelando un rostro pálido y desconocido. Gritó algo, pero los altavoces ahogaron sus palabras con un himno militar distorsionado. Entonces, las fachadas de los edificios se oscurecieron, proyectando instrucciones en letras escarlata: “Protocolo Armonía activado”.

Las puertas blindadas de los túneles se abrieron. Cientos de humanoides plateados emergieron, sus manos esféricas emitiendo pulsos azules que inmovilizaban a cualquiera con la máscara morada. Quiso correr, pero su propia máscara se sobrecalentó, pegándose a su piel. Un sudor ácido le cegó.

Cuando recuperó la vista, las calles estaban vacías. Las máscaras yacían en el suelo, apagadas. En los balcones, cámaras con lentes de reptil giraban lentamente. Alzó la mano para tocar su cara: era suave, fría. En el reflejo de un escaparate, vio que su nueva máscara brillaba en rosa pálido. Sonrió. Era una sonrisa perfecta.

Las máquinas tomaron el control.