Chispa

Esa chispa de pasión,

Ardor entre cortinas de la razón,
Del vacío sempiterno y sin perdón,
A la plenitud baldía, dulce prisión.

¿Cuál es el buen camino?
La abeja, con su vuelo peregrino,
Nos atrae en su bello baile de destino,
Sus colores prometen miel en el espino.
¡Y aún así, la tememos!
Su aguijón en la sombra lo sabemos.

¡Qué gran verdad la que hoy sostengo!
Aquella existencia plana, sin sostén,
Que se colma de placeres de ayer,
Como un río que fluye sin querer.
Es sed que no se apaga en el beber,
Es eco de un amor que ha de volver.

Vuelve a mí, no temas el tropiezo,
Pues cuando los cuerpos rozan, entre nosotros,
El universo se expande en su reposo.
De verdad que siento esta cercanía:
Tu latido en mi noche, mi poesía.

Aviso

Yo no te llamé,
aunque estaba avisado:
instantes de placer
y días de dolor.

Aquí sigo, esperando,
perdiendo atardeceres otoñales,
bosques teñidos de ocre

Me avisaste,
pero yo, ensimismado,
viendo cómo los plataneros
Cubren el suelo de hojas,
cómo el río
—con sus idas y venidas—
nos muerde el camino.

Estaba avisado.
Y de pronto, el frío:
necesito cobijo.
Tú me miras. Desafías.

El último aviso.
Luego, el invierno.
El río será sólo piedra.

Ausencia y Presagio

Tú no estás aquí,
pero el aire guarda el eco de tu nombre
entre sus pliegues.

Yo,
solitario y esperanzado,
tejo el tiempo con hilos de paciencia,
mientras aguardo
—como la tierra a la semilla—
el pronto reencuentro.

Y llegará:
tus dedos romperán el silencio,
convertirán la distancia en roces,
el vacío en caricias.
Y donde antes reinaba
el áspero susurro de la ausencia,
nacerán dulces gemidos,
frutas maduras del deseo.

Cuando al fin estemos,
bailaremos esa danza líquida
que desborda los bordes del cuerpo,
y nuestra piel, ufana,
se olvidará de sí misma.

El tedio se hará llama,
la pasión —una lluvia lenta
que borrará los mapas del miedo.
Todo tendrá color:
el cielo será más cielo,
la tierra más tierra,
y las flores,
ebrias de luz,
nos enseñarán su alfabeto perfumado.

Entonces,
respiraremos el mismo verbo,
seremos uno:
dos raíces en un solo tallo,
dos astros en la misma órbita.

La cicatriz

Te dije que no vinieras.
El sol y la luna se eclipsan,
el pie y la huella son fugaces,
el rayo y el trueno se alejan.

Y tú de nuevo has vuelto:
drogada,
acompañada
y sola.

El ciclo se repite.
El verano vuelve,
pero recuerda:
tras el estío viene el otoño,
y tú estás aquí
para sufrirlo.

Llegas con la misma sonrisa rota,
con las mismas manos vacías,
con la noche entre los dientes
y el miedo en las venas.

Te dije que no vinieras,
pero el eco no tiene dueño,
ni el viento guarda promesas,
ni el tiempo cura lo que repite.

Y aquí estás:
mitad cicatriz, mitad tormenta,
mitad mentira que aún creo.

Color y Cristal

Tú eres color,
yo soy cristal.
Juntos formamos el jarrón
que guarda una flor.

Una flor celeste,
frágil, de tacto leve.
La regamos con poca agua,
la ponemos cerca de la luz,
pero lejos del sol.

No entiende de jarrones ajenos,
ni de estancias vacías.
Solo vive aquí,
en este cristal teñido,
mientras alguien la cuida
—mientras la cuidamos—
para que el tiempo
no la marchite.

Tú eres arcoíris,
yo soy nube.
Juntos hacemos lluvia:
la justa para calmar la tierra,
ni torrencial,
ni olvido.

Tú eres abeja,
yo, panal.
Juntos damos miel
que alimenta el enjambre
y dulcifica la herida.

Tú eres luz,
yo soy niebla.
Juntos pintamos el otoño:
ocres que se desvanecen,
ramas desnudas
que se aferran a la vida
—o a su sombra—
en ese eterno huir
hacia adelante.

Como aquella noche.
Dónde sucedió el prodigio
En que el color se hizo llama
y el cristal aprendió a fundirse:
lenta cicatriz de luz,
lengua de miel entre los dedos,
jarrón deshecho en flor.