Tú no estás aquí,
pero el aire guarda el eco de tu nombre
entre sus pliegues.
Yo,
solitario y esperanzado,
tejo el tiempo con hilos de paciencia,
mientras aguardo
—como la tierra a la semilla—
el pronto reencuentro.
Y llegará:
tus dedos romperán el silencio,
convertirán la distancia en roces,
el vacío en caricias.
Y donde antes reinaba
el áspero susurro de la ausencia,
nacerán dulces gemidos,
frutas maduras del deseo.
Cuando al fin estemos,
bailaremos esa danza líquida
que desborda los bordes del cuerpo,
y nuestra piel, ufana,
se olvidará de sí misma.
El tedio se hará llama,
la pasión —una lluvia lenta
que borrará los mapas del miedo.
Todo tendrá color:
el cielo será más cielo,
la tierra más tierra,
y las flores,
ebrias de luz,
nos enseñarán su alfabeto perfumado.
Entonces,
respiraremos el mismo verbo,
seremos uno:
dos raíces en un solo tallo,
dos astros en la misma órbita.