Yo no te llamé,
aunque estaba avisado:
instantes de placer
y días de dolor.
Aquí sigo, esperando,
perdiendo atardeceres otoñales,
bosques teñidos de ocre
Me avisaste,
pero yo, ensimismado,
viendo cómo los plataneros
Cubren el suelo de hojas,
cómo el río
—con sus idas y venidas—
nos muerde el camino.
Estaba avisado.
Y de pronto, el frío:
necesito cobijo.
Tú me miras. Desafías.
El último aviso.
Luego, el invierno.
El río será sólo piedra.