Color y Cristal

Tú eres color,
yo soy cristal.
Juntos formamos el jarrón
que guarda una flor.

Una flor celeste,
frágil, de tacto leve.
La regamos con poca agua,
la ponemos cerca de la luz,
pero lejos del sol.

No entiende de jarrones ajenos,
ni de estancias vacías.
Solo vive aquí,
en este cristal teñido,
mientras alguien la cuida
—mientras la cuidamos—
para que el tiempo
no la marchite.

Tú eres arcoíris,
yo soy nube.
Juntos hacemos lluvia:
la justa para calmar la tierra,
ni torrencial,
ni olvido.

Tú eres abeja,
yo, panal.
Juntos damos miel
que alimenta el enjambre
y dulcifica la herida.

Tú eres luz,
yo soy niebla.
Juntos pintamos el otoño:
ocres que se desvanecen,
ramas desnudas
que se aferran a la vida
—o a su sombra—
en ese eterno huir
hacia adelante.

Como aquella noche.
Dónde sucedió el prodigio
En que el color se hizo llama
y el cristal aprendió a fundirse:
lenta cicatriz de luz,
lengua de miel entre los dedos,
jarrón deshecho en flor.

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