Diana y Javier llevaban años juntos, una relación que se había convertido en una montaña rusa de emociones. A veces se querían con una intensidad que los hacía olvidar todo lo demás, y otras veces se miraban con una indiferencia que asustaba. Pero ahí estaban, compartiendo una vida llena de obligaciones: dos niños, dos perros, un jardín que a Diana le daba igual, trabajos que los agotaban y vecinos que siempre parecían estar en el momento menos oportuno.
Javier, de vez en cuando, dejaba notas. Nunca eran claras, siempre crípticas, como si quisiera decir algo sin realmente decirlo. La última decía: «Te dije que no me esperaras». Parecía un mensaje profundo. Diana la guardó en el bolsillo, como hacía con todas, sin mencionarla. No quería sacar el tema. Estaba cansada. Siempre estaba cansada.
El deseo entre ellos iba y venía, como todo en su relación. A veces se buscaban, otras veces parecían extraños en la misma casa. Pero Diana no se imaginaba con nadie más. Pensaba que cualquier otra relación sería igual, o peor. Tal vez había una cierta dependencia, un apego, un cariño que no sabía explicar. O quizás era solo pereza.
Costaba ponerse de acuerdo en algo, alguien tenía que ceder y eso provocaba roces, malentendidos, reproches, enfados. Pero había una dependencia mutua, como si una fuerza invisible los mantuviera unidos en un mar bravío y no había tormenta, viento ni olas que pudiera separarlos.
A veces pasaban meses sin reproches y de repente fluían, , como un virus en un huésped, como la lava del volcán que busca espacio cada tanto, como la lava que deja escapar el volcán cuando la presión ya es insostenible.
Brotes de lucidez que aparecían empañándolo todo y alguna vía de escape emergía tras el pasmo existencial. Podían haber breves estados de placer que devolvían después a su estado natural las cosas.
Sus amigas, Gemma y Graci, y su amigo Adrián, a veces la escuchaban. Compartían penas, risas, alguna que otra confidencia. Pero lo de las notas no se lo contaba a nadie. Era su carga, algo que llevaba en silencio. Sabía que nadie podía solucionarle el dilema. El problema era suyo, y de nadie más.
Javier, por su parte, parecía cobarde al dejar esas notas. Decía cosas que no se atrevía a decirle a la cara. Diana lo sabía, pero no decía nada. Seguían adelante, como si nada. A veces hablaban de cosas triviales: el cumpleaños de Hernando, las cañas que Javier tomaba con los compañeros, el jardín que seguía ahí, sin importarle a nadie.
Los niños daban problemas, los perros ensuciaban, los vecinos molestaban, la familia no la había elegido, y su jefe la tenía harta. Pero todo seguía igual. Diana tomaba su Prozac, y las cosas le resbalaban un poco más. La vida era así, una rutina que no cambiaba.
Al final, no pasaba nada. Seguían juntos, cargados de reproches y de historias divertidas, de amor y de inquina, de todo y de nada. Diana, cautelosa, no decía nada. Más tarde , al cabo de bastantes semanas, pensaba si no sería nada profundo ni críptico, si no algo vanal, ella y sus rumiaciones, sus pensamientos intrusivos.
Pero nunca comentó nada.