El Canon

La reunión de vecinos comenzó puntualmente media hora tarde, como siempre. Hacía un frío del demonio.
Macario no albergaba muchas esperanzas como era costumbre. Estaba convencido de que aquellas juntas solo servían para airear manías personales y que nadie hablaba nunca de lo que de verdad importaba.
El presidente abrió la sesión:
—En esta comunidad nos falta compromiso —dijo—. Somos demasiado pasivos. Nadie se implica en los problemas reales de la comunidad.
Macario levantó la vista. Pensó que, por una vez, alguien había dicho algo sensato. Quizá hablarían del anciano del primero, que vivía solo, o del chico que dormía en el portal algunas noches de invierno.
Pero no.
El secretario carraspeó y añadió:
—El Ayuntamiento ha subido un cinco por ciento la tasa de recogida de basuras.
Se hizo un murmullo general, un coro de indignación.
—¡Siempre robándonos! —gritó alguien.
—¡Ya está bien de abusos! —añadió otro.
En cuestión de minutos, la pasividad de la que se habían quejado al principio se transformó en furia cívica. Se hablaba de afrenta, de robo descarado, de rebelarse de una vez. Decidieron manifestarse frente al ayuntamiento.
Macario escuchaba sin intervenir, pensando que aquella subida —cinco por ciento— no iba a arruinar a nadie. Pero el aire en la sala se cargaba de frases altisonantes: “¡La dignidad del barrio!”, “¡La unión hace la fuerza!”
De pasada, alguien mencionó que el piso del tercero tercera estaba ocupado por unos extranjeros. “Okupas”, dijo con desprecio.
—Habría que echarlos de una vez.
Macario, sin poder contenerse, intervino:
—Lleva años vacío. Si no molestan, ¿qué problema hay? Bastante tendrán con sobrevivir. El dueño ni siquiera vive aquí.
El silencio que siguió fue más frío que el pasillo.
—Siempre hay alguien que defiende lo indefendible —dijo Encarna, la del cuarto segunda.
—Y luego hablan de solidaridad —añadió otro con una sonrisa torcida.
Cuando Macario trató de explicar que la subida del canon era un asunto menor comparado con los verdaderos problemas —la pobreza, la soledad, el miedo a perder el techo—, lo acusaron de no tener empatía.
Le dijeron que era insolidario, que no entendía las dificultades de los demás, que seguramente no sabía lo que era llegar justo a fin de mes.
La reunión se disolvió con murmullos de desaprobación. Macario salió con un nudo en la garganta. No por haber sido reprendido, sino por la sensación de haber asistido a una farsa: gente que se decía solidaria indignándose por un recibo, y negando un mínimo de compasión a quien dormía bajo un techo ajeno.
Esa noche le costó dormir. Sentía una culpa extraña, como si realmente hubiera hecho algo mal. Lo habían llamado insolidario, y esa palabra resonaba en su cabeza como una condena.
Al día siguiente, al salir de casa, pisó un chicle en el rellano. En el tablón del portal había un cartel nuevo:
“Vecinos comprometidos con la dignidad del barrio. Manifestación contra la subida del canon y contra la pasividad de algunos.”
Debajo, escrito a mano: “¡Macario, despierta!”
Trató de ignorarlo. Pero al cruzarse con Encarna, esta lo saludó con una sonrisa que era casi una burla.
—Al final, todos tenemos que arrimar el hombro —dijo.
Dos días después, halló un folleto en su buzón con el recorrido de la manifestación. En rojo, a mano, alguien había añadido: “También los tibios deben mojarse.”
Le recorrió un escalofrío.
La mañana de la protesta bajó al portal con intención de ir al mercado. Allí estaban todos, con pancartas improvisadas y aire solemne.
—¿No vienes, Macario? —le preguntó el secretario—. Es por el bien común.
—Tengo que comprar naranjas —respondió.
—Siempre hay excusas —murmuró alguien.
Cuando regresó, el portal estaba lleno de panfletos y botellas vacías. Le entristeció pensar que para muchos aquella era la primera vez que sentían estar luchando por algo.
Esa noche oyó golpes en el techo. Pensó que eran los okupas. Pero al día siguiente supo que algunos vecinos habían subido a increparlos “para que se enteraran de que aquí no se quiere a los aprovechados”.
Macario sintió vergüenza. Intentó escribir algo en el grupo de WhatsApp de la comunidad, apelando a la convivencia, pero nadie respondió. Minutos después fue eliminado “por decisión de la mayoría”.
Desde entonces, nadie lo saludó en el portal. El cartero lo miraba con recelo, los niños no le abrían la puerta, y hasta Encarna fingía no verlo.
Una tarde, al volver del trabajo, vio que alguien había escrito sobre su buzón:
“Amigo de okupas.”
Se quedó mirando las letras, sin saber si reír o enfadarse. Subió a su piso, se sirvió un vaso de vino y se sentó junto a la ventana.
Fuera seguía haciendo un frío del demonio.
Encendió la radio y pensó que, al final, sí había en el edificio gente pasiva ante los problemas reales. Solo que no eran los que ellos creían.

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