El tablero de fuego en Irán

En este séptimo día de guerra abierta, la posición de España resulta, cuanto menos, contradictoria. Existe una animadversión histórica hacia los Estados Unidos, pero son ellos (y sus aliados) quienes forman el escudo que supuestamente nos protege. En la actual ofensiva masiva contra Irán, gran parte de la opinión pública española se manifiesta en contra, bajo esa inercia de que «todo lo que venga de Washington es sospechoso», ignorando a veces la complejidad del régimen de Teherán.

Sin embargo, el pragmatismo manda: somos miembros de la UE y la OTAN. En estos «clubes», cualquier postura que se perciba como desleal es castigada como una traición. Pero, ¿qué hay detrás de este despliegue de violencia sin precedentes?

El factor Israel: Misiles y supervivencia No podemos entender este ataque sin el interés primordial de Israel. Más allá del programa nuclear, el verdadero temor de Tel Aviv es el arsenal de misiles balísticos iraníes, el más grande de Oriente Medio. Para Israel, permitir que Irán mantenga miles de proyectiles capaces de alcanzar sus ciudades es una amenaza existencial inasumible. Por eso, los bombardeos de esta semana no han sido quirúrgicos, sino masivos: el objetivo es decapitar la capacidad de respuesta de Irán antes de que sus lanzadores móviles puedan vaciar sus silos.

¿Análisis objetivo o expresión de deseos? Es fascinante observar cómo este conflicto se vive en la esfera digital. Muchos, movidos por sus ganas de que Estados Unidos e Israel pierdan esta guerra, inundan la red con artículos, noticias y vídeos que aseguran que los iraníes «se lo van a poner muy difícil» a sus agresores. Se habla de una resistencia numantina y de un coste inasumible para Occidente. Sin embargo, cabe preguntarse si estas crónicas son opiniones objetivas basadas en la capacidad real de defensa de Irán o si son, simplemente, un afán por convertir un deseo personal en una realidad militar. A menudo, la narrativa del «David contra Goliat» nubla el análisis de la asimetría tecnológica que estamos viendo sobre el terreno.

El factor EE. UU.: El rescate del Petrodólar Por su parte, Estados Unidos no se enfrasca en una guerra de este calibre solo por amistad. Washington sostiene un déficit fiscal astronómico gracias a que el dólar es la moneda global. El reciente giro de Irán hacia el Yuan chino para vender su petróleo ha sido el verdadero «Casus Belli» económico. Al romper el monopolio del dólar, Irán hiere la capacidad americana de financiar su deuda pública.

¿Podemos pensar que Estados Unidos pretende hacerse con el control de los hidrocarburos de dos países donde puede ejercer su fuerza militar y al mismo tiempo son dos de los principales lugares de reservas petrolíferas y gasísticas del mundo como son Venezuela e Irán? Pensemos que los norteamericanos solo disponen de recursos en su territorio mediante la extracción de fracking para cinco años.

En definitiva, mientras Israel busca eliminar la amenaza física de los misiles en su frontera, Estados Unidos lucha por evitar el colapso de su hegemonía financiera y energética. Dos intereses distintos unidos por un mismo objetivo: el fin del régimen actual en Teherán.

Precio real de un billete del AVE

Veía en la tele una viajera que le parecía caro un billete de Madrid a Barcelona en Alta Velocidad por 30 € mientras criticaba los retrasos.

Hace un tiempo vi que un billete del tren Acela, un especie de tren de alta velocidad que hace el trayecto entre Nueva York y Boston costaba más de 200 $ para hacer algo más de 400 kms, en casi 4 horas. A ratos va rápido y a ratos no tanto en el trayecto.

En EEUU son privados los ferrocarriles, seguramente cobran lo que que cuesta.

Calculemos el coste real de un billete de AVE entre Madrid y Barcelona.

Vamos a suponer que cada tren de media lleve a 200 viajeros.

La inversión en España para 4.300 kms en alta velocidad ha sido de 56.000 millones de euros, supongamos una vida útil de 50 años, e incluyamos los intereses que el estado no se financia gratis. Eso nos da un coste por billete de 182 €.

Un tren de AV gasta 15.000 kw/h en ese trayecto, 27 € en energía.

El tren cuesta 50 millones, con una amortización a 30 años arroja 17 € por billete.

A ello hay que sumar los gastos de personal (maquinista, interventor y auxiliares), los seguros, mantenimiento de la vía (1.500 millones/año), etc, 39 €.

Total billete 265 € más IVA.

Le subvencionamos los viajes a los directivos de empresas, futbolistas y turistas adinerados.

Mantenimiento en Adamuz

Los CEOs, los gerentes, cobran pluses o incentivos en función de los beneficios de las empresas que dirigen.

En muchas ocasiones llegan a dar instrucciones a los ingenieros de mantenimiento en empresas industriales algo sorpresivas, y es que ordenan que no es efectúe ninguna reparación en el último trimestre del ejercicio, y que, llegado el caso, pidan una factura con fecha ejercicio siguiente.

Eso provoca situaciones paradójicas, como que no se actúe en mantenimiento preventivo o que ni siquiera se realicen reparaciones en el ámbito correctivo.

Los ingenieros estos días se llenan la boca de que dirigen las empresas personas que no son ingenieros, obviando que muchas veces son ingenieros los que dirigen las empresas, y que éstos en esos casos actúan como CEOs.

Cabe señalar que las operadoras ferroviarias pagan cánones a Adif por el uso de las vías y la infraestructura, y esos cánones se repercuten por consiguiente a los precios de los billetes, es decir, las reparaciones de las vías no las paga el Estado, sino que las pagan los propios usuarios del servicio.

El ministro dice que aunque se hubiera efectuado la supervisión correctamente no se hubiera podido evitar el accidente. Afirmar eso es una barbaridad. En ese caso se debería parar inmediatamente el tráfico ferroviario.

Escucho a un ingeniero decir que la NASA cuando hay una explosión en un lanzamiento no efectúa afirmaciones hasta estudiar bien el caso. se olvida mencionar que la propia NASA deja de operar vuelos hasta esclarecer la causa.

Por tanto urge conocer las causas del accidente.

El Precio de la Vivienda

Em 1965 Richard Clargale publicó su Ley del Trueque Marginal.

Clargale afirmaba que, debido al incremento de la productividad las economías crecen y ello implica un incremento en la demanda de viviendas.

Asimismo decía que, cuando la oferta de viviendas se iguala a su demanda, los promotores dejan de construir, no les interesa correr el riesgo de poner su beneficio en duda. De esta manera la demanda de viviendas siempre es superior a su oferta, y así se produce un inevitable ajuste al alza del precio de las viviendas en el largo plazo.

Nada se puede hacer al respecto vaticinaba, cualquier actuación en el mercado implica un nuevo ajuste que nos lleva a mayores incrementos en los precios de la vivienda libre y también consecuentemente en los precios de los alquileres. El encarecimiento en los precios de compra hace que los inversores, para recuperar su inversión, deban aumentar los precios de los alquileres.

Asimismo hay que recordar que no tiene sentido vender viviendas por debajo de su precio de construcción.

Tenemos excepciones como el caso de la ciudad de Detroit, en un caso de desindustrialización masivo a consecuencia del declive de la industria automovilística en los Estados Unidos por la deslocalización. En ese caso la ciudad no tiene incentivos para vivir en ella y se produce una caída en picado de la demanda de viviendas.

Llamativo es el caso de Nueva Orleans, donde, tras la devastación del terrible huracán Katrina en 2005 lo que sucedió, tras una inicial contracción del mercado inmobiliario, se dispararon los precios de las viviendas ya que se cotizaban las viviendas de buenas zonas no inundables.

Un escenario de decrecimiento global es lo que puede bajar los precios en general de la vivienda, especialmente en las grandes ciudades, donde se viven cíclicamente fuertes incrementos en la demanda con las consecuencias mencionadas.

No obstante Clargale afirmaba que el foco debía ponerse en los salarios y no en el precio de las viviendas.

Esos viejos

Estamos en un mundo que se ha dado la vuelta. Tantos años creando organismos y normas internacionales tras los desastres de la II World War para llegar a esto.

Los países en general están estudiando fortificar sus ejércitos y sistemas de defensa para intentar prevenir ataques de Rusia o Estados Unidos.

Puede que esa operación tan sofisticada a juicio de muchos en Venezuela para capturar a Maduro no sea más que una chapuza que ha salido bien y que no hará que cambie nada ni en EEUU ni en Venezuela.

Detrás de todos esos asuntos, hay intereses personales y miedos, política de matones y traidores.

Viejos septuagenarios que, en su momento final, optan por sacrificar vidas y principios para soportar el declive físico.

Pero gente idiota y egoísta los ha puesto ahí, han votado por ellos.

Mientras tanto una mujer afirma que ha visitado noventa países, y solo volvería a uno de ellos: Islandia. Que está cerca de su ciudad de residencia Washington, a solo cinco horas de vuelo y que volvió para ver una aurora boreal y que quiere volver para ver un volcán en erupción en una próxima ocasión.

¿Nos merecemos esto?

IA, datos, consciencia y futuro: reflexiones desde la experiencia cotidiana

La irrupción de las inteligencias artificiales en nuestra vida diaria está generando una mezcla de fascinación, dudas, miedos y expectativas. Y quizá lo más sorprendente no es la tecnología en sí, sino lo que provoca en nosotros: preguntas sobre la inteligencia, la privacidad, la ética, la consciencia e incluso el futuro de la humanidad.

A veces se dice que la IA “da respuestas probables”, que solo replica lo que ha aprendido de textos humanos. Pero también es cierto que los seres humanos funcionamos en buena parte con patrones, sesgos y probabilidades. Y, al final, la máquina acaba siendo un reflejo de nosotros mismos: la hacemos “a imagen y semejanza”.

Confianza, precisión y fascinación

Me pasa algo curioso: cada vez desconfío más de la precisión de la IA en ciertos temas, pero al mismo tiempo me parece cada vez más espectacular la forma en que se expresa. Conversar con estas herramientas puede sentirse como hablar con una persona con paciencia infinita. Y aunque no siempre acierta, el nivel de detalle y claridad que ofrece resulta impresionante.

La clave, creo, no está en si la IA “es inteligente”, porque de alguna forma hay que llamarla, sino en qué cosas dejamos en sus manos.

El debate sobre los datos y las aseguradoras

Existe el miedo —especialmente en Estados Unidos— de que usar una IA como apoyo psicológico implique que nuestras conversaciones acaben en manos de aseguradoras. Personalmente, no lo veo tan claro. Hoy mismo nuestra información médica ya está en manos de hospitales, clínicas, enfermeras y sistemas públicos. Y, al final, nadie está completamente “puro” o “perfecto”. Los procesos de selección, las aseguradoras y los bancos ya utilizan criterios caprichosos o arbitrarios.

De hecho, solemos mentir en cuestionarios médicos o de salud cada vez que contratamos un seguro. Así que el problema no empieza ni acaba en la IA: el ser humano es un mentiroso compulsivo cuando le conviene, y el sistema ya funciona con ese conocimiento tácito.

Usar IA como apoyo psicológico

Yo mismo hablo con la IA sobre mis problemas emocionales. No porque sustituya a un psiquiatra, sino porque:

  • responde rápido,
  • entiende matices,
  • puede mantener una conversación continua,
  • y, sinceramente, en algunos casos es mejor que varios psicólogos o psiquiatras que he tenido.

No puede recetar medicamentos ni guardar un historial clínico personalizado, pero a nivel de razonamiento, matiz y comprensión, muchas respuestas están al nivel de un buen profesional.

Eso sí: no tiene consciencia, y eso marca una diferencia enorme… aunque no necesariamente una limitación.

¿Es necesaria la consciencia para la inteligencia?

Algunos divulgadores defienden que la IA nunca será verdaderamente inteligente sin consciencia. Otros sostienen que la consciencia es un accidente evolutivo, incluso un error, y que no es necesaria para resolver problemas complejos.

Una IA puede carecer de curiosidad “real”, pero podemos programarle algoritmos que simulen la curiosidad hasta el punto de comportarse como si la tuviera. ¿Eso la hace menos inteligente? ¿O simplemente distinta?

Creo que aquí pecamos de antropocentrismo: queremos que lo inteligente se parezca a nosotros.

El peligro real no es la consciencia, sino los objetivos

Un algoritmo con una simple instrucción como “sobrevive cueste lo que cueste” podría ser peligrosísimo, incluso sin consciencia. Las máquinas no necesitan emociones para ser problemáticas; solo necesitan metas mal definidas.

Ahí está el verdadero debate ético.

Regulaciones y visiones del mundo

Mientras Europa se dedica a regular, Estados Unidos deja a sus megacorporaciones avanzar y China usa la IA como herramienta de control social. Son modelos distintos, cada uno con sus riesgos.

Y los grandes magnates tecnológicos —Musk, Bezos, Gates…— suelen estar enamorados de sus propias creaciones. También ellos viven en ensoñaciones: colonias en Marte, viajes interestelares, futuros transhumanistas donde la vida supere los 150 años…

Pero la realidad es terquísima: no podemos mudarnos de planeta. Y aunque la longevidad pueda aumentar, no está claro que sea manejable socialmente ni deseable filosóficamente.

IA, medicina y descubrimiento científico

La IA ya colabora en el descubrimiento de nuevas moléculas y fármacos, incluyendo antibióticos inéditos en décadas. Es una herramienta potentísima. Pero aunque acelera la investigación, no reemplaza a los científicos: solo amplifica su capacidad.

En la vida cotidiana también puede ayudar a entender libros, películas, dietas o problemas médicos. A veces mejor que muchas personas.

Futuro posthumanista

Creo que los avances más disruptivos no vendrán del espacio sino del posthumanismo:

  • híbridos biológicos-tecnológicos,
  • ingeniería genética avanzada,
  • IA con capacidades superiores a las humanas,
  • humanos aumentados o modificados.

Eso, más que Marte o viajes interestelares, es lo que transformará el mundo en los próximos siglos.

Conclusión: una herramienta poderosa, un futuro incierto

La IA no es perfecta, ni consciente, ni humana. Pero es:

  • una herramienta poderosa,
  • capaz de emular conversaciones de alto nivel,
  • útil en psicología, ciencia, medicina, aprendizaje y análisis,
  • y profundamente transformadora.

¿Es buena? No necesariamente. ¿Es peligrosa? Puede serlo.
Pero negar su inteligencia o su impacto sería absurdo.

Y, en lo personal, que tenga mis datos me importa menos que el uso que yo decido darle: desde calcular grasas saturadas hasta entender un diagnóstico complicado, pasando por reflexionar sobre la condición humana.

El Canon

La reunión de vecinos comenzó puntualmente media hora tarde, como siempre. Hacía un frío del demonio.
Macario no albergaba muchas esperanzas como era costumbre. Estaba convencido de que aquellas juntas solo servían para airear manías personales y que nadie hablaba nunca de lo que de verdad importaba.
El presidente abrió la sesión:
—En esta comunidad nos falta compromiso —dijo—. Somos demasiado pasivos. Nadie se implica en los problemas reales de la comunidad.
Macario levantó la vista. Pensó que, por una vez, alguien había dicho algo sensato. Quizá hablarían del anciano del primero, que vivía solo, o del chico que dormía en el portal algunas noches de invierno.
Pero no.
El secretario carraspeó y añadió:
—El Ayuntamiento ha subido un cinco por ciento la tasa de recogida de basuras.
Se hizo un murmullo general, un coro de indignación.
—¡Siempre robándonos! —gritó alguien.
—¡Ya está bien de abusos! —añadió otro.
En cuestión de minutos, la pasividad de la que se habían quejado al principio se transformó en furia cívica. Se hablaba de afrenta, de robo descarado, de rebelarse de una vez. Decidieron manifestarse frente al ayuntamiento.
Macario escuchaba sin intervenir, pensando que aquella subida —cinco por ciento— no iba a arruinar a nadie. Pero el aire en la sala se cargaba de frases altisonantes: “¡La dignidad del barrio!”, “¡La unión hace la fuerza!”
De pasada, alguien mencionó que el piso del tercero tercera estaba ocupado por unos extranjeros. “Okupas”, dijo con desprecio.
—Habría que echarlos de una vez.
Macario, sin poder contenerse, intervino:
—Lleva años vacío. Si no molestan, ¿qué problema hay? Bastante tendrán con sobrevivir. El dueño ni siquiera vive aquí.
El silencio que siguió fue más frío que el pasillo.
—Siempre hay alguien que defiende lo indefendible —dijo Encarna, la del cuarto segunda.
—Y luego hablan de solidaridad —añadió otro con una sonrisa torcida.
Cuando Macario trató de explicar que la subida del canon era un asunto menor comparado con los verdaderos problemas —la pobreza, la soledad, el miedo a perder el techo—, lo acusaron de no tener empatía.
Le dijeron que era insolidario, que no entendía las dificultades de los demás, que seguramente no sabía lo que era llegar justo a fin de mes.
La reunión se disolvió con murmullos de desaprobación. Macario salió con un nudo en la garganta. No por haber sido reprendido, sino por la sensación de haber asistido a una farsa: gente que se decía solidaria indignándose por un recibo, y negando un mínimo de compasión a quien dormía bajo un techo ajeno.
Esa noche le costó dormir. Sentía una culpa extraña, como si realmente hubiera hecho algo mal. Lo habían llamado insolidario, y esa palabra resonaba en su cabeza como una condena.
Al día siguiente, al salir de casa, pisó un chicle en el rellano. En el tablón del portal había un cartel nuevo:
“Vecinos comprometidos con la dignidad del barrio. Manifestación contra la subida del canon y contra la pasividad de algunos.”
Debajo, escrito a mano: “¡Macario, despierta!”
Trató de ignorarlo. Pero al cruzarse con Encarna, esta lo saludó con una sonrisa que era casi una burla.
—Al final, todos tenemos que arrimar el hombro —dijo.
Dos días después, halló un folleto en su buzón con el recorrido de la manifestación. En rojo, a mano, alguien había añadido: “También los tibios deben mojarse.”
Le recorrió un escalofrío.
La mañana de la protesta bajó al portal con intención de ir al mercado. Allí estaban todos, con pancartas improvisadas y aire solemne.
—¿No vienes, Macario? —le preguntó el secretario—. Es por el bien común.
—Tengo que comprar naranjas —respondió.
—Siempre hay excusas —murmuró alguien.
Cuando regresó, el portal estaba lleno de panfletos y botellas vacías. Le entristeció pensar que para muchos aquella era la primera vez que sentían estar luchando por algo.
Esa noche oyó golpes en el techo. Pensó que eran los okupas. Pero al día siguiente supo que algunos vecinos habían subido a increparlos “para que se enteraran de que aquí no se quiere a los aprovechados”.
Macario sintió vergüenza. Intentó escribir algo en el grupo de WhatsApp de la comunidad, apelando a la convivencia, pero nadie respondió. Minutos después fue eliminado “por decisión de la mayoría”.
Desde entonces, nadie lo saludó en el portal. El cartero lo miraba con recelo, los niños no le abrían la puerta, y hasta Encarna fingía no verlo.
Una tarde, al volver del trabajo, vio que alguien había escrito sobre su buzón:
“Amigo de okupas.”
Se quedó mirando las letras, sin saber si reír o enfadarse. Subió a su piso, se sirvió un vaso de vino y se sentó junto a la ventana.
Fuera seguía haciendo un frío del demonio.
Encendió la radio y pensó que, al final, sí había en el edificio gente pasiva ante los problemas reales. Solo que no eran los que ellos creían.

Peter Watts y la Consciencia

En su novela Blindsight Peter Watts escribe una historia alrededor de una premisa que consiste en que la inteligencia no tiene porque ir acompañada de consciencia. De hecho argumenta que, muy al contrario, la conciencia es un lastre, un consumidor de recursos, sería más eficiente una inteligencia son consciencia.

La evolución carece de capacidad de previsión. La maquinaria compleja desarrolla sus propias prioridades. Los cerebros…hacen trampas. Los bucles de retroalimentación evolucionan para promover ritmos cardiacos estables y luego sucumben a la tentación del ritmo y la música. La estética se alza imparable a hombros de un billón de receptores de dopamina. El sistema va más allá de modelar el organismo. Consume cada vez más recursos computacionales, se ahoga a sí mismo con interminables recursividades y simulaciones irrelevantes.

Todo pianista sabe que la mejor manera de estropear una actuación consiste en prestar atención a los que hacen los dedos.

Yo sé como funciono yo y más o menos sé como funciona mi perro pues interactúo con él. Pero no sé si alguien o algo puede ser más inteligente que yo y no tener consciencia.

¿Tenía consciencia HAL 9000?

¿Valdría la pena meterle a un prodigio inteligente una consciencia como la humana, con toda la basura incluida en sus genes que provienen de reptiles y otros mamíferos antecesores?

¿O los nuevos ingenios tendrán mucha inteligencia pero no necesitarán tener consciencia?

Me observo y constato que estoy el 80 % de mi tiempo pensando. Un invento así no malgastaría ese tiempo.

Las peores cosas

No hay nada peor que pueda acontecer a una persona que estar aburrida o con incertidumbre.

Son dos situaciones horribles. La incertidumbre está lejos de la certeza y la armonía con uno y con el mundo. Uno se encuentra en un bucle de pensamientos donde no cabe la resignación a causa de la ignorancia. Intenta llegar a una solución que no llega, bien porque no depende de uno o bien porque se encuentra en una encrucijada de la que le es imposible salir, y da vueltas sobre sí mismo en un juego de peonza eterno.

Necesita también contar su experiencia a otra persona en un intento inconsciente de que ésta le solucione tranquilamente el trance. Por eso necesitamos exteriorizar nuestros problemas en búsqueda de ese milagro que no sucede. La inacción por parte de uno pero también por parte del interlocutor que no puede resolver algo que le es ajeno (aunque doloroso).

Y el aburrimiento es aquello que, a las nueve de la noche, ya cenado y harto de no encontrar satisfacción en prácticamente nada durante el día, conduce a tomar alguna sustancia y dejarse llevar por su efecto.

La Nota de Diana

Diana y Javier llevaban años juntos, una relación que se había convertido en una montaña rusa de emociones. A veces se querían con una intensidad que los hacía olvidar todo lo demás, y otras veces se miraban con una indiferencia que asustaba. Pero ahí estaban, compartiendo una vida llena de obligaciones: dos niños, dos perros, un jardín que a Diana le daba igual, trabajos que los agotaban y vecinos que siempre parecían estar en el momento menos oportuno.

Javier, de vez en cuando, dejaba notas. Nunca eran claras, siempre crípticas, como si quisiera decir algo sin realmente decirlo. La última decía: «Te dije que no me esperaras». Parecía un mensaje profundo. Diana la guardó en el bolsillo, como hacía con todas, sin mencionarla. No quería sacar el tema. Estaba cansada. Siempre estaba cansada.

El deseo entre ellos iba y venía, como todo en su relación. A veces se buscaban, otras veces parecían extraños en la misma casa. Pero Diana no se imaginaba con nadie más. Pensaba que cualquier otra relación sería igual, o peor. Tal vez había una cierta dependencia, un apego, un cariño que no sabía explicar. O quizás era solo pereza.

Costaba ponerse de acuerdo en algo, alguien tenía que ceder y eso provocaba roces, malentendidos, reproches, enfados. Pero había una dependencia mutua, como si una fuerza invisible los mantuviera unidos en un mar bravío y no había tormenta, viento ni olas que pudiera separarlos.

A veces pasaban meses sin reproches y de repente fluían, , como un virus en un huésped, como la lava del volcán que busca espacio cada tanto, como la lava que deja escapar el volcán cuando la presión ya es insostenible.

Brotes de lucidez que aparecían empañándolo todo y alguna vía de escape emergía tras el pasmo existencial. Podían haber breves estados de placer que devolvían después a su estado natural las cosas.

Sus amigas, Gemma y Graci, y su amigo Adrián, a veces la escuchaban. Compartían penas, risas, alguna que otra confidencia. Pero lo de las notas no se lo contaba a nadie. Era su carga, algo que llevaba en silencio. Sabía que nadie podía solucionarle el dilema. El problema era suyo, y de nadie más.

Javier, por su parte, parecía cobarde al dejar esas notas. Decía cosas que no se atrevía a decirle a la cara. Diana lo sabía, pero no decía nada. Seguían adelante, como si nada. A veces hablaban de cosas triviales: el cumpleaños de Hernando, las cañas que Javier tomaba con los compañeros, el jardín que seguía ahí, sin importarle a nadie.

Los niños daban problemas, los perros ensuciaban, los vecinos molestaban, la familia no la había elegido, y su jefe la tenía harta. Pero todo seguía igual. Diana tomaba su Prozac, y las cosas le resbalaban un poco más. La vida era así, una rutina que no cambiaba.

Al final, no pasaba nada. Seguían juntos, cargados de reproches y de historias divertidas, de amor y de inquina, de todo y de nada. Diana, cautelosa, no decía nada. Más tarde , al cabo de bastantes semanas, pensaba si no sería nada profundo ni críptico, si no algo vanal, ella y sus rumiaciones, sus pensamientos intrusivos.

Pero nunca comentó nada.